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Luis García, responsable editorial de Instaladores 2.0

2016 se adentra en su tercer mes y las consecuencias del (des)gobierno y el callejón sin salida político no se ven, pero se intuyen a lo lejos. A este paso el año terminará por resultar perdido, con todos los inversores externos esperando una solución, buena, regular o incluso mala, pero una solución, la que sea. Hablamos sin parar de smartgrids, smartcities y smartfactories, de transformación digital de la industria y de conseguir espacios de trabajo y de vida y trabajo verdaderamente eficientes y orientados al confort, hablamos también de autoproducir la energía que necesitamos de manera limpia y sin emisiones de CO2 y de desplazarnos con vehículos eléctricos no contaminantes, y hablamos de cómo la iluminación influye en el ánimo y por eso hay que situarla en el centro de las decisiones sobre cómo humanizar nuestro entorno, especialmente nuestras ciudades.

Hablamos de todo eso, aunque resulta que llevamos tres meses envueltos en un eterno Déjà vu de pactos sin pactos, sumas sin aritméticas e incesante desperdicio de declaraciones ampulosas que sólo dejan entrever egocentrismos exacerbados y todas las variantes de la arrogancia posible. Hay una cierta contradicción entre esos dos discursos y la realidad acaba haciéndonoslo pagar. Lo que quiero decir es que difícilmente podemos ser creíbles cuando hablamos de avances tecnológicos a la vuelta de la esquina, si quiénes tienen que poner las bases para que esos avances sean una realidad no son capaces de dar un paso adelante a favor de un mínimo entendimiento en tres meses. La política española se ha convertido en el Día de la Marmota y, lo que es peor, no se vislumbra a nadie que sepa sacarla del bucle en el que está inmersa. Y, cada paso adelante resulta que son dos hacia atrás de la mano del último caso de corrupción por destapar. No extraña nada que en la última encuesta del CIS, publicada ayer mismo, la corrupción se dispare entre los ciudadanos que piensan que es el primer problema a resolver.

«Llevamos tres meses envueltos en un eterno Déjà vu de pactos sin pactos, sumas sin aritméticas e incesante desperdicio de declaraciones ampulosas que sólo dejan entrever egocentrismos exacerbados y todas las variantes de la arrogancia posible»

Hay una distancia abismal entre el pensamiento de un ciudadano que está convencido de eso y el de otro que cree firmemente que al futuro sólo se llega a través de la inversión en educación y en I+D, es la misma distancia entre el desencanto y la ilusión, que son los dos reversos de una misma moneda. La sociedad del hartazgo lo es porque no puede con más declaraciones huecas que reivindican compromisos estériles, ni con más promesas que acaban quedándose en nada una y otra vez. Plantearse objetivos inalcanzables sólo provoca frustración y es por eso que corremos el riesgo de vivir eternamente frustrados.

Por eso mismo y sin tratar de ofrecer una solución a un problema que no la tiene, lo mejor es siempre relativizar en la medida de lo posible. Es bastante probable que haya elecciones en junio y, tanto si las hay como si no, no habrá gobierno antes del otoño, con lo que el año estará prácticamente perdido. Muchos avances que parecen para pasado mañana, tardarán en llegar el doble de lo que parece y esperarlos con ansiedad sólo sirve para querer que el tiempo pase más deprisa. Y esa es la mayor falacia de todas, porque tiempo de sobra es lo único que no tenemos, todo el que hay por delante es poco si se vive con la necesaria intensidad.