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Luis García, responsable editorial de Instaladores 2.0

La Federación que representa a los instaladores encara quizá el cruce de caminos más decisivo en sus casi ya 4 décadas de historia. Todo indica, además, que de la elección dependerá en buena parte su futuro y, de la mano, el del colectivo que agrupa. Y los presagios no resultan optimistas. Si Fenie, lejos de salir fortalecida, acabara por convertirse en una “oficina técnica” de Fenie Energía se habrían confundido dramáticamente los papeles. Y culminaría un proceso que nació hace ahora 5 años y medio, con la creación de la empresa comercializadora.

Ese proceso ha contado con el consentimiento y hasta el beneplácito del Comité Ejecutivo que ha regido los designios de la Federación y también con la ayuda inestimable de su desorientada dirección. Hace sólo unas semanas, en la Mesa de Debate que Instaladores 2.0 organizó sobre la Instalación y la Distribución -pero con especial atención en la primera- se demandó con rotundidad una necesidad de estrechar los vínculos entre los diferentes estamentos del sector. Mejorar la comunicación entre las direcciones de las respectivas asociaciones de fabricantes, distribuidores e instaladores.

El problema es que, hasta ahora, la actual Fenie ni ha estado ahí ni ya se la espera. Pero es más necesaria que ninguna otra asociación nacional, porque tanto fabricantes como distribuidores son colectivos mucho más manejables en número y tienen juntas directivas ejecutivas y eminentemente profesionales, gracias también a una mejor posición económica de sus empresas, algunas de ellas multinacionales. Unos y otros y también las propias asociaciones provinciales de instaladores demandan una actuación más determinante de Fenie, lejos de su actual parálisis.

Hacia el exterior Fenie genera expectativas, pero hacia el interior parece haber dejado de provocarlas. Parece más un espectro que deambule en un purgatorio sin fin, alejada de muchas de sus asociaciones, de su representación institucional, de los departamentos ministeriales ante los que debería representar al colectivo de empresas instaladoras e incluso de sí misma. Y es doloroso –profundamente doloroso- especialmente para quienes hemos tenido que ver parte en ella.

Las elecciones o, al menos, el nuevo Comité Ejecutivo debería ser un impulso a una Federación que sobrevive maltrecha también en lo económico tras una crisis devastadora para el asociacionismo en general en nuestro país. Pero si ese impulso pasara por convertir a la Federación en un apéndice de una empresa privada que sólo puede representarse a sí misma, por mucho colectivo instalador que haya detrás, habría, elegido el peor camino y podría estar, de verdad definitivamente, iniciando el principio del fin.